Hace poco, trabajé en una edición sobre maternidades y negritud para el programa de radio que produzco, NEGRAS. En el proceso, tuve la oportunidad de grabarme conversando con mi abuela materna, una mujer visiblemente negra de 87 años. 

Al reflexionar sobre las historias que me contó mi abuela y escuchar los audios que me compartieron otras madres negras, que servirían de contenido para el programa, constaté la importancia de pensar las maternidades desde la diversidad y pluralidad de experiencias de cada persona que, consciente o inconscientemente, decide maternar. Los discursos sobre la maternidad suelen romantizarse. No obstante, la maternidad nos llega cargada de presiones, prejuicios y estereotipos. Y si se es una mujer negra, vale la pena explorar las complejidades de maternar en cuerpas negras.   

A mi abuela, le pregunté: “¿Siempre quisiste ser mamá?”. Me respondió con un contundente “¡No!”. Después de una pausa, añadió que ella no pensaba en eso.

“Estaba sola en el mundo. No tenía quien me aconsejara, quien me guiara…”, agregó.

Mi bisabuela padecía alcoholismo; por ello, mi abuela tuvo una infancia y juventud plagadas de precariedades y violencias. A esas circunstancias, atribuyó el haber experimentado la maternidad, a través de una hija y un hijo, desde sus 18 años. Aseguró que ser una madre negra le provocaba muchos complejos y que tuvo que batallar el racismo al que, particularmente mi tío, apodado Negrito, se enfrentaba desde temprano en su niñez por su color de piel.   

De mi mamá, recuerdo las anécdotas que me contaba de sus tres embarazos. Ella se casó en junio de 1970, y ya en abril de 1971, había parido a mi hermano mayor.

“Yo no lo estaba evitando, pero me tardé siete años para quedar embarazada otra vez”, decía mi mamá para referirse a su segundo proceso de gestación.

Mis dos hermanos nacieron con piel clara, cabello claro y ojos claros. Finalmente, mi nacimiento se dio de forma planificada, pues conmigo “cerrarían la fábrica”, pero mi negritud se hizo evidente desde que nací. Mi piel oscura, mi cabello ensortijado y mis ojos marrón colocaron a mi mamá en una posición de maternar llena de miedos y vulnerabilidades. Segundos antes de que su corazón dejara de latir, postrada en una cama de hospital, mi mamá abrió los ojos, que estaban llenos de lágrimas, y me miró con tristeza y dolor… A mí, me tocó cerrarle los ojos y susurrarle al oído por última vez: ¡Te amo, Mami!

El pasado 12 de abril, una de mis sobrinas me despertó con la noticia de que estaba embarazada. En nuestras videollamadas diarias, conversábamos y nos imaginábamos cómo sería esa persona que llegaría a la familia en medio de una histórica pandemia. Aunque mi sobrina perdió el embarazo y estamos procesando todo lo que ello implica, reflexiono sobre todas las veces, en esas pocas semanas de gestación, que le preguntaba cómo la habían tratado los profesionales de la salud que la atendieron. El miedo a la violencia obstétrica de la que podía ser víctima mi sobrina, una mujer Afrolatina en Estados Unidos, me invadía y me aterraba.  

A mis 39 años, pensar en la posibilidad de Afromaternar me provoca múltiples interrogantes que traspasan los prejuicios de la edad y los riesgos a la salud de un embarazo geriátrico. Como mujer negra, esa idea converge con una memoria celular de esclavización y de violencias antinegritud sobrevividas por mis ancestras negras. Sin embargo, Afromaternar, también, me supone un acto de cimarronaje y revolución…

¡Felicidades a todas las Madres Negras y Afrodescendientes!

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Bárbara I. Abadía-Rexach
Escrito por Bárbara I. Abadía-Rexach
Es doctora en Antropología Social. Es profesora de Antropología Sociocultural en la UPRRP, y estudia raza y música en Puerto Rico y sus diásporas. Es la autora del libro "Musicalizando la raza. La racialización en Puerto Rico a través de la música" (Ediciones Puerto, 2012).