Fotos de Mari Blanca Robles López

Hasta hace pocos años, me creía el dicho ese de que madre solo hay una. Con el pasar del tiempo, las experiencias de otras personas con la figura materna y mi experiencia, tanto como hija y también estudiándola desde la literatura, me han comprobado que nada se aleja más de la realidad. Mienten. Como diría Vanessa Vilches Norat: “Hay tantas madres como sujetos con hijos existen”.

Ante esta realidad, me propongo pensar un poco en la diversidad de madres que nos acompañan y en sus realidades particulares. No hay instinto maternal que nazca con nosotras, más allá del hegemónico, impuesto y patriarcal. Ese mismo que intentan imponernos a las mujeres y personas gestantes desde la legislatura de Puerto Rico, con la cara de un partido fundamentalista y ultraconservador que puede llamarse de todo menos digno.

Ante la realidad de que, de todos los asuntos pertinentes que se deben trabajar en Puerto Rico (como el acceso a la salud, educación, vivienda digna y asequible, entre otros), las legisladoras del partido Proyecto Dignidad, Joanne Rodríguez Veve y Lisie Burgos Muñiz hayan escogido legislar para limitar el derecho al aborto en el archipiélago, desde la Colectiva Feminista en Construcción decidimos virarle la tortilla, y hablar de lo que implica ser realmente provida. La Placita Barceló en Barrio Obrero, Santurce, en lo que se llamó Brigada por la vida, fue el punto de encuentro donde se dieron cita algunas madres, compañeras que han ejercido su derecho al aborto y también salubristas para conversar sobre las realidades que giran en torno a la maternidad y de las que se habla poco o nada.

Durante el conversatorio se dio un espacio de sinceridad y vulnerabilidad en que madres pudieron identificarse con sus experiencias sobre la complicada faena que implica la maternidad. Júpiter, una madre que compartió parte de sus experiencias, problematizó el hecho de que los cuidados estén tan feminizados y cómo eso representa una carga mayor para las mujeres y personas femmes en particular. “Cuánto falta por honrar y visibilizar el trabajo del hogar y cuido que siempre ha sido corrido por mujeres. Nada corre si eso no está pasando”. En ese momento, recordé las palabras de Silvia Federici sobre la reproducción de la mano de obra en sus críticas feministas al marxismo. No hay mano de obra posible sin el cuidado, la crianza y el sostenimiento desde el hogar. Hay un trabajo que se invisibiliza y pasa por el eufemismo del amor.

Mediante la conversación sobre ese eufemismo, las compañeras trajeron al tema las experiencias con las figuras maternas que les antecedieron. Algunas conversaron sobre lo terrible que ha sido ver cómo sus madres y abuelas pasaron por unas vidas tremendamente sacrificadas siguiendo unos patrones de maternidad que tradicionalmente se asumen sin cuestionarse. Otras comentaron sobre la suerte que tuvieron al contar con madres que rompieron con los roles esperados sobre ellas. Mientras las escuchaba, pensaba en sus historias de vida y en las tantas experiencias que atraviesan a una mujer o persona gestante cuando el embarazo toca la puerta sin planificación. El acceso a una educación sexual y reproductiva integral es un derecho que debe ser garantizado por el Estado, pues es quien tiene un interés apremiante en las vidas de quienes ya nacimos. O al menos, eso esperaríamos.

Una potencial vida humana no se salva solo dejándola nacer. Hay una red de cuidados, alimentos, crianza y recursos que deben ser garantizados si parir es considerado dentro de las opciones ante un embarazo. Nosotras sabemos que para una maternidad deseada y consentida es necesario el acompañamiento, la comunidad y la conciencia de que los cuidados deben darse en colectivo. Recuerdo las palabras de Esther Vivas en su libro Mamá desobediente, “ser cuidado es un derecho y cuidar es un deber en una sociedad que sitúe en un lugar prioritario la vulnerabilidad de la vida. No solo se trata de reivindicar la ciudadanía, sino la ‘cuidadanía’” (118). Desde la apuesta por el acompañamiento, en la Colectiva apuntamos a las maternidades deseadas, consentidas y acompañadas en que las madres sepan y sientan que su trabajo no es solo de ellas, sino que hay una conciencia de que los cuidados nos conciernen a todas, todes y todos.

Paralelo a esta conversación, se escuchaba el alboroto tradicional de muchos niños corriendo y jugando. Es que mientras se daban estos análisis hubo un espacio de juegos, lecturas y arte en el que los niños que llegaron a la Placita Barceló con sus madres pudieron disfrutar alegres ante el tremendo día soleado que nos acompañó. Esta es otra parte de la apuesta. La de una niñez feliz, digna y libre de violencias. Para que sea de esa manera, las madres y padres deben tener los recursos y desear parir, nutrir y criar a les niñes que lleguen a poblar este mundo. El Estado es responsable de garantizar que esos recursos lleguen a todas las personas que escogen libremente asumir la maternidad y paternidad. No hay niñez feliz sin madres y padres felices.

Providas somos quienes sabemos que no hay porvenir sin garantías dignas y contra eso, hay que luchar. Nosotras apostamos a otra vida, una vida digna. A vivir sin miedo, juntas y en comunidad. A maternidades deseadas, consentidas y acompañadas. A decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas sin la presión del Estado, la iglesia ni nadie que intente decirnos cómo vivir. A la niñez feliz y libre de violencias. Juntas por nuestro derecho a vivir libres y en paz.

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Xiomara Torres Rivera
Escrito por Xiomara Torres Rivera
Hispanista, educadora y comunicadora de Hormigueros, Puerto Rico. Es estudiante doctoral del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Es activista colaboradora de la organización política, la Colectiva Feminista en Construcción. Le interesan los temas de las maternidades, la educación con perspectiva de género, la raza y la clase.