Mitos sobre el aborto

Aborté por primera vez el 30 de diciembre de 2012. Llevaba 25 días con 18 años. Estaba en mi primer semestre de universidad y comenzaba formalmente mi primera relación amorosa, esa misma que nueve años más tarde entendí que estuvo llena de violencia de principio a fin.

No me hice una prueba de embarazo casera ni de sangre. Supe que estaba embarazada por la ausencia de mi menstruación y por varios síntomas que se presentaron. Siempre he sido curiosa, así que, con el internet al alcance de mis manos, hice una búsqueda bastante exhaustiva por varios días.

Me aseguré de no necesitar acompañamiento ni aprobación de mi familia. Miré los costos, escogí la clínica y llamé para hacer la cita. Me acompañaron quienes eran mi pareja y mi mejor amiga. 

Fuimos ese sábado, 30 de diciembre, porque entre las festividades se nos hacía fácil a lxs tres decir que íbamos a hacer una cosa cuando era otra sin que nadie nos prestara mucha atención. 

La clínica era cerca de Centro Médico, no recuerdo el nombre, pero era cerca de la Clínica Iella. He optado por asumir que cerró porque nunca más he encontrado información y, al pasar por allí, no he visto el espacio abierto.

Llegamos temprano. Me recibieron, me orientaron, aclararon todas mis dudas, me revisaron y me hicieron un sonograma para confirmar que estaba embarazada. Lo estaba, tenía cerca de ocho semanas. Confirmaron mi deseo de terminar el embarazo y me enviaron a un laboratorio cercano para una prueba necesaria. 

Regresé con el resultado, llenamos los documentos, pagué y me pusieron en espera. Cuando al fin fue mi turno, pasé al cuarto donde me harían el procedimiento y rápidamente llegó el equipo médico. Me hicieron el aborto mientras hablábamos de lo bonito que eran mis tenis y de cómo me sentía. Todo fue muy rápido. Hubo que intervenirme una segunda vez porque quedaron algunos tejidos, pero todo fue muy rápido y calmado para mí.

Me sentí acompañada, aún sin conocer a estas personas. Salí de allí contenta, aliviada, liberada. No necesité 48 horas para pensarlo, ni autorización, ni aprobación, solo acompañamiento. Hoy, 9 años más tarde reafirmo que esa fue de las mejores decisiones que pude tomar ese año.

Pasaron cuatro años y, a pesar de no desear abortar, porque nadie anda deseando abortar, tuve un segundo embarazo no deseado y en su momento tampoco contaba con las condiciones apropiadas para ser mamá. 

Esta vez, la decisión me pesó un poco, pero ese peso estaba más atado a mi capacidad de reconocer muchas violencias que cuatro años antes no veía ni entendía. Volví a la búsqueda de clínicas. Para mi sorpresa, había menos clínicas que en el 2012 y, por lo tanto, las citas estaban limitadas. Al igual que la primera vez, quería salir de esa situación lo más rápido posible.

Sé que era octubre de 2016, no recuerdo el día exacto. Me acompañó la otra persona responsable del embarazo en cuestión. Desayunamos súper rico y llegamos a la clínica. 

Esta vez, la clínica estaba llena. Allí, no cabía una persona más. Había una sala de espera que separaba a los acompañantes de las personas que iban a realizarse el aborto. Algo así como “hombres con hombres y mujeres con mujeres”. Éramos cerca de 30 personas gestantes en aquella sala de espera. El trato no fue amable ni sensible. Lo digo como fue. Fue todo a la prisa, pero la prisa que viene con la productividad. Allí, sentí que el objetivo era hacer la mayor cantidad de abortos en la menor cantidad de tiempo posible. Cada aborto está cerca de los $300. 

Pude ver el cambio de turno entre médicos. Hombres los dos. Con prisa y poco tacto. En la sala, se me hizo difícil encontrar complicidad en las miradas o tan siquiera una mirada fija.

Pasadas las horas, logramos entablar conversación algunas de las mujeres allí presentes. Recuerdo a una porque fue mi compañía y abrazo mientras esperábamos. Era mamá, casada y del área oeste. Me contó la odisea que fue planificar esa cita y lograrlo. Había sido una decisión tomada por ella y su esposo, uno de los pocos hombres que esperaban en el espacio designado para ellos. Tuvieron que dejar a los niños cuidando y mentir sobre la gestión que estarían haciendo en el área metropolitana. Una mujer hecha y derecha, casada, madre, de más de 30 años, mintiendo para evitar ser juzgada o tener más culpa de la que probablemente sentía.

Eso me dolió muchísimo. A cada rato le pienso, y me alegra que hayamos coincidido, porque aún informada, con un aborto en el expediente y segura de mi decisión, los mitos y la culpa aparecen y hay que batallar con la mente. Y ella confiándome su historia y decisión me recordó que las mujeres abortan por muchas razones, que las madres también abortan porque ya no pueden mantener a otro o criar a otro. Que es válido y necesario.

Salí de allí aliviada porque ya no tenía que preocuparme por un embarazo no deseado, pero salí triste y llena de rabia. 

Porque el derecho al aborto debe ser más que varias clínicas en el área metropolitana, que la existencia de médicos dispuestos a realizarlo. Y pienso en esto todos los días, sin falta. 

El derecho al aborto implica acceso a información confiable sobre nuestra sexualidad y capacidad reproductiva desde temprana edad. Implica apoyo económico para quienes deciden abortar y para quienes deciden maternar. Implica la existencia de clínicas regionales o en cada municipio del archipiélago. Que haya generaciones de médicos y enfermerxs con entrenamiento y con la sensibilidad que requiere ser médico y practicar este procedimiento; que seamos más que pal’ de pesos extra pal’ bolsillo mientras nos juzgan. 

Implica la garantía de saberse acompañadxs antes, durante y luego de abortar. Que la culpa impuesta deje de estar. Desde todos los espacios.

Lee aquí: 9 mitos sobre el derecho al aborto


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Verónica del Carmen
Escrito por Verónica del Carmen
Cagüeña egresada de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, y fiel creyente de que otra vida es posible. Es colaboradora de la organización política Colectiva Feminista en Construcción.