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Se necesitan aliados LGBTQI+ en las escuelas

(Foto de Alex Jackman en Unsplash)

Ser maestro es lo que más me apasiona en la vida. Cada inicio de semestre escolar, tengo la oportunidad de conocer a diferentes jóvenes con los cuales crearé una conexión única. Veré desarrollar sus ideas y pensamientos a acciones concretas que me llenarán profundamente de felicidad. Sentiré alegría cuando los vea crecer y los apoyaré cuando necesiten de uno que otro consejo basado en los años de experiencia que les llevo.

Me encargo de crear un ambiente de aprendizaje que no olvide ni descuide la importancia de ser empáticos, pensantes independientes, respetuosos y disciplinados tanto con su aprendizaje como con sus acciones. Este cúmulo de experiencias hace que cree un vínculo único con mis estudiantes. Es una conexión cimentada en el respeto, aprendizaje continuo y, sobre todo, confianza. Como resultado, tendré estudiantes que sentirán la tranquilidad de poder abrirse sobre sus orientaciones sexuales. 

Casi siempre, el momento comienza con un: “Míster, ¿podemos hablar?”. Y, con la experiencia a mi lado, puedo entender que alguna revelación ha de salir. “Míster, soy lesbiana”, “Míster, soy gay”, “Míster, soy bisexual”. Respetando el momento, siempre contesto: “Gracias por tu confianza. ¿Deseas hablar ahora o en algún otro momento entre clases?”. Es importante demostrar que estás ahí para tu estudiante.

Lastimosamente, no todos los colegas ven la situación de la misma manera. He tenido estudiantes que me han contado sobre maestros que han utilizado la religión como escudo para rechazar y negar estas “conductas no apropiadas para un joven con futuro como lo eres tú”, como me han relatado que les dicen. Es deplorable ver que se lleguen a estas conclusiones de que los estudiantes se verán como entes raros que necesitan “cambiar para ser una persona de bien”. Esta acción tendrá serios traumas en una edad en la que el descubrir quiénes son es importante. Como adulto, estoy en la posición de entender, escuchar y hacer sentir a mi estudiante seguro. Tomar una postura de empatía y respeto debe ser la respuesta de cualquier colega en cualquier parte de la isla, pero no siempre es así.

No me malinterpreten, por favor, no estoy verbalizando que seguir alguna religión esté mal. Todos somos libres de creer y practicar cual sea nuestra fe, pero no podemos escudarnos detrás de la religión para herir, avergonzar, maltratar y hasta señalar a nuestros jóvenes, ya que ellos, muchas veces, no cuentan con el apoyo en el hogar.

La mayoría de las veces, nosotros, como maestros, servimos como enlaces entre consejeros escolares o trabajadores sociales a la hora de hablar con mamá o papá. Si le añadimos que en el sistema público de enseñanza del país no hay todavía un currículo con perspectiva de género que recalque la importancia de la aceptación, la diversidad y la empatía hacia las demás personas dentro y fuera de la comunidad LGBTQI+, se hace aún más difícil asentar nuestros valores y rechazar cualquier conducta homofóbica, bifóbica, transfóbica, y de odio hacia nuestros estudiantes de la comunidad LGBTQI+ por parte de colegas y hasta de estudiantes.

Además de facilitar un escenario educativo, soy responsable de crear futuros ciudadanos que sentirán amor por su país, su familia, sus amigos y hacia su persona. Sé que todavía vivimos en una sociedad en que la homofobia y el rechazo a cualquier persona dentro de la comunidad LGBQTI+ es palpable, en que la justicia siempre se demora o nunca llega –para muestra, recordemos el reciente caso de la mujer transexual Alexa–; pero si desde temprana edad comenzamos a aceptar, a normalizar, a entender que todos somos diferentes y que eso nos hace únicos y especiales, entonces, tal vez, muchas personas no estarían compartiendo el odio, sino que estarían compartiendo equidad, respeto, empatía y aceptación.

Como ser humano, me importará más que un estudiante esté cómodo con su orientación sexual y su identidad de género a que piense está mal o tiene algún problema que le impedirá ser un ciudadano con experiencias diversas como cualquier otra persona.

Te exhorto, a ti, educadora y educador que me lees, a tener un poco más de respeto y empatía para atender a tus estudiantes sin señalarlos, juzgarlos o echarlos dentro de una cajita con una etiqueta que diga ‘fracasará’, ‘no lo logrará’ o ‘caso perdido’. ¡Nunca sabes dónde ellos terminarán gracias a tu ayuda o tu señalamiento!

Suena el timbre. Tengo que ir a mi salón. “¿Me tocará fingir quién soy o tendré finalmente el respeto que merezco?”, dirá, seguramente, uno de mis estudiantes en el inicio del semestre escolar. 

* José Reyes es educador y cagüeño. Cuando no está en su sala de clases, disfruta de la naturaleza, la lectura y las películas/series de horror. 

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