Machismo mamposteao

No había nada mejor como el arroz mamposteao de abuela María, en los domingos de visita. Utilizaba un enorme caldero viejo, sazón y un pañuelo color azul, que cubría sus hermosos pelos blancos. Abuela cocinaba todos los días; nunca se agotaba. Sonreía cuando sus pies temblaban, por lo exhausta que estaba y tomaba pausas en la nevera, cuando tomaba agua. Ella me enseñó cómo preparar arroz mamposteao y cómo adobar la carne que lo acompañaba; siempre había ajo. Me parecía curioso a mi corta edad-9 o 10 años-, las veces que mi abuelo Andrés entraba a la cocina, claro pa’ que se le sirviera un vaso con leche fría o una de sus cervezas gringas que abuela siempre le tenía listas. 

Un día me rehusé a darle su cerveza, porque me parecía injusto levantarme y dársela. Abuela María rápido tomó acción y fue a servirle una bien fría. Me cogí un regaño innecesario, injusto, que de hecho nunca entendí. Abuela María le cocinaba, le lavaba su ropa, le aguantaba los golpes constantes, luego de una larga noche con sus amigos, en el negocio de la esquina. Abuela todo lo soportó; no le podías repudiar sus acciones, porque tenías dos opciones: gritos o más gritos sin fundamentos.

Me llevé tantos regaños y golpes en mi niñez y adolescencia, por llevar la contraria, por cuestionar todo, por no quedarme callada, ante momentos que sentía no debía hacerlo. Sabía que era una niña que provenía de una familia disfuncional, en la que era mejor callar y los halagos eran al vecino, no a ti. Abuela nunca pudo decirme el porqué de sus acciones, mucho menos el porqué la mujer tenía que rendirle cuentas al hombre, con cada paso que diese. 

Abuelo Andrés fue a la guerra de Vietnam y resultó herido, pero para abuela María siempre fue su héroe, aunque para mí nunca lo fue. Mi mamá era igual, siempre andaba trabajando y haciendo todo por mi papá, quien vivía bajo nuestro techo, pero no les sabría decir lo que es un abrazo suyo. Mami nunca me quiso contestar mis preguntas. Decía que era demasiado de presenta’, malcriá’ y que si seguía así ningún hombre me iba a querer. Mi respuesta siempre era considerada imprudente, con carácter inquisitoria e inoportuna. Un día le dije a mami: ‘Eres una mujer sumisa y machista, al igual abuela María con abuelo Andrés’, a lo que ella contestó: ‘Los hombres son así, hay que entenderlos; la mujer vino a sufrir, a pasar dolor de parto, a ser maltratada, porque así lo designó Dios y el gobierno nuestro’. 

Mi furia era una sin precedentes. Recuerdo haber llorado, pataleado (literal) y haber golpeado una foto de mi papá cuando fue al ejército. Mi mamá quiso continuar justificando nuestra labor y el porqué lloramos, sentimos y hasta menstruamos. Para todo encontraba una justificación, a lo que me negué a continuar escuchando. Mami siempre estaba agotada, a veces nos decía: “Coman lo que encuentren, a su papá le compro de Pico Rico BBQ , porque es viernes”. Pero, ¿y yo? Estos comportamientos los veía repetirse una y otra vez con mis tías, vecinas, primas, en fin, la sociedad entera. 

Curiosamente, nadie podía explicarme de una manera coherente, concreta y justa el porqué el hombre era considerado superior a la mujer, el porqué eran permitidos los golpes, los insultos, y lavar su ropa con olor a lavanda, luego de haber tenido encuentros amorosos en el negocio de la esquina. Generación tras generación, el rol de la mujer es uno que continuamente ha sido atropellado, violentado, atacado y limitado ante la sociedad. El discurso de la superioridad del rol masculino es uno inane, injusto e incoherente. Ha sido un disco raya’o, desde que tengo conocimiento, sin mejoras en la melodía. Ese mismo discurso se ha traído, en masas, familias e individuos. 

Dentro de la desinformación y baja escolaridad que imperaba en mi entorno familiar, aspiré a educarme, ser activista, vocal, dejándole saber a mi familia cómo se podía desaprender conductas y entornos de índole machista y sexista.

Cuando tuve a mi hijo Alexander -a mis 21 años- me encontraba en mi tercer año de bachillerato, y, no les miento, tuve que pasar por miles de obstáculos, vicisitudes, insultos, violencia, hasta rechazo por parte de la familia. Siempre hay una tía “sabelotodo” que me echó a un lado porque “abrí” las patas. Las expectativas de mi familia eran altas cuando salí embarazada. No podía distraerme, tenía que asumir un espacio menor a otras mujeres, porque estaba embarazada, sin estar casada y, mucho menos, sin antes terminar mis estudios universitarios; burlas e indirectas eran mi diario. En fin, hice todo lo contrario, terminé mis estudios, me hice vocal en mi comunidad, mi alma altruista, activista despertó y nunca me casé, mucho menos continué mi relación con el padre de mi hijo. 

Esa fue mi respuesta a los atropellos e injusticias que todas las mujeres de mi familia y sociedad han y continúan recibiendo. El machismo es un mal social, que, evidentemente, dado a su significado, se ha engranado en todos nuestros sistemas e instituciones sociales, beneficiándose un sector.

Podemos desaprender el machismo, abriendo espacios seguros y sanos de reflexión, introspección e identificación, buscando equidad en colectivo. No se habla del machismo, desde la cotidianidad, pero sí sus acciones son hasta televisadas, escuchadas. Y es allí, donde se debe trabajar prioritario.

Los medios de comunicación nos han demostrado por años, cómo la desigualdad de género, roles, continúan imperando en nuestro sistema. Han normalizado el rol de una mujer sumisa, taciturna, insegura, perpetuándose un discurso inequívoco, con cada titular que comparten. 

Podría resonar utópico, pero no será imposible, si los movimientos activistas, con carácter feminista, en busca de igualdad de género y reconocimiento continúan inyectando paulatinamente a cada individuo en sociedad, con información fehaciente y correcta. Sin duda alguna, un cambio en el currículo es indispensable, necesario y se podría apostar que será uno infalible.

Debemos utilizar las mejores herramientas desde temprana edad para con nuestros niñxs; es importante una educación de perspectiva de género, asimilando desde pequeñxs la diversidad en sociedad y lo similar que todxs somos. Impartiendo un buen recurso educativo desde el salón de clases, hogar y recreo, estaremos aspirando a tener un colectivo reeducado, deconstruido, con ideas novatas y frescas para con su otro significativo.

Cada vez que pienso en el arroz mamposteao, pienso en abuela María, en mi mamá, y todxs esas mujeres de mi país que se pudiensen identificar con estas anécdotas. 

Todxs tenemos historias impregnadas, ansiosas de ser verbalizadas y visibilizadas. El miedo ha sido otro constructo sociopolítico que se ha impartido, invisibilizando a sectores minoritarios, violentados, atacados, marginados.  ¿Cuántos relatos machistas mamposteao?______________________________________________________________________________________

Maité E. Pérez Acevedo es escritora, blogger, gestora cultural y creadora del proyecto antirracista Negra TropicalEste escrito es una colaboración para la campaña ¡Cambia ya!, contra la violencia machista. 

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