Marcha por la renuncia de Ricardo Rosselló, San Juan, Puerto Rico, Ana María Abruña Reyes

(Foto por Ana María Abruña Reyes)

La historia de lucha en Puerto Rico no es breve. Durante más de un siglo, han sido muchas las circunstancias que nos han tirado a la calle a exigir lo que merecemos y a reivindicar una y otra vez nuestra dignidad. La condición colonial de la isla ha sido razón para que las desigualdades sean, cada vez, más. Eventos masivos han movilizado al país entero para reclamar el cese de algún proyecto o la demanda por más derechos.

Sin embargo, hoy el cuento –aunque parecido– es distinto. Por primera vez en la historia, se le pide de manera contundente la renuncia directa a un gobernador. Considero necesario echar un vistazo a las condiciones materiales con las que hemos tenido que lidiar por casi tres años.

Muchos eventos han pasado desde aquel 2 de enero de 2017 cuando Ricardo Rosselló juramentó como gobernador. El país se ha visto trastocado por demasiadas circunstancias que han cambiado nuestra cotidianidad e incluso nuestra vida en general. Vivimos una huelga universitaria, la paralización de un país entero el primero de mayo –tres años corridos–, el azote de un huracán categoría 4 –casi 5– que trancó las fichas del juego, la muerte de miles de personas, jugosos contratos, el cierre de más de 200 escuelas, los sueldos estrepitosos de los secretarios de agencias, el aumento desmedido a la matrícula y los servicios de la Universidad de Puerto Rico, la guerra simulada entre el “supuesto” gobierno y la Junta de Control Fiscal, el pago de escoltas para un viaje vacacional, la compra de camionetas nuevas para los flamantes personajes que nos gobiernan, la violencia desmedida en las calles, el asesinato de más de 20 mujeres a mano de sus parejas o exparejas, la acusación de la exsecretaria de Educación Julia Keleher, entre otros, y –no menos importante—la aparición pública de un chat que mostró las verdaderas caras del círculo más íntimo del gobernador. A veces, parece que perdemos la cuenta. Las faltas de respeto han sido incontables. Pero el chat, cambió la historia.

Y no en sí el chat, sino su verdad. Todos y todas las puertorriqueñas, aquí y en la diáspora sufrimos en el embate de María. En mayor y menor grado, ese huracán nos cambió. Después de 19 años sin el azote directo de un huracán y casi 100 sin que fuera mayor de categoría tres, las generaciones del presente se preparaban para lo nunca antes visto. La crisis humanitaria no se hizo esperar. La incomunicación era desesperante.

El gobernador sobrevolaba la isla y aludía a la gran destrucción prometiendo que actuaría con rapidez. Me parece escucharlo todavía en la radio de batería que teníamos en casa. Era intermitente, aparecía de momento. Llegó el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se burló de nuestra emergencia, y él, sentado a su lado, permitió que minimizaran nuestra situación. Meses después, un estudio de la Universidad de Harvard –cuestionado por muchos– trajo a la conversación la realidad de las miles de vidas que se perdieron por la poca o ninguna respuesta a su reclamo de ayuda. Ricardo Rosselló nos dijo que desconocía la situación. Claro que no sabía, si solo sobrevolaba la isla desde la comodidad de un helicóptero. Poco hizo en Utuado para presenciar la ingeniosidad de una comunidad para poder transportarse de un lado del río al otro. Así mismo, del jugoso contrato que la Autoridad de Energía Eléctrica le otorgó a la compañía fantasma White Fish, tampoco supo nada, aunque el propio director ejecutivo de la AEE en ese entonces, Ricardo Ramos, lo desmintió. Incluso, parece que lo tomaron por sorpresa durante una conferencia de prensa, cuando se enteró allí mismo y, en vivo, de que la Junta de Gobierno de la AEE había escogido a Walter Higgins como director ejecutivo de la corporación pública, un nombramiento para el que se acordó pagarle $450,000 al año a seis meses del huracán María.

Lo que no sabíamos en ese momento es que, casi dos años después, tendríamos la otra parte de la historia. Esa que planificaba en cuartos cerrados y conversaciones de Telegram desde la comodidad del Centro de Convenciones y La Fortaleza. O esa con la que su esposa, Beatriz Rosselló, jugaba –y paralizaba– para poder tomarse fotos entregando agua y suministros. Y como la estrategia siempre ha sido y es la desinformación, “no me dijeron”, “no me enteré”, “nunca lo supe”, “no es delito burlarme”, “fui impropio, pero no ilegal” apuesta por la carta de la víctima y se aferra a su silla. Con eso, se zapatea de la responsabilidad como un niño que busca evadir las consecuencias de sus travesuras. El problema es que las de Ricardo, le afectaron a más de 3 millones de personas, de las cuales más de 3,000 no viven para contarlo.

Muchos y muchas probablemente tendrán razón con que encontrar unas conversaciones de ciertas personas (que generan su sueldo del erario público y se burlan de nuestros muertos, de mujeres, de personas de la comunidad LGBTTQI+, de personas gordas, de personas con diversidad funcional, de disidentes políticos en las que también diseñaron cuestionables escenarios perfectos para la corrupción y discutían acuerdos como el de COFINA, al que estamos condenados por 40 años) no es suficiente para pedirles la renuncia. Pero esta exigencia nace de la sustancia de las letras y no como tal del destape. Nace de atar los cabos. Del hallazgo desnudo de la verdad sin anestesia. Porque esos textos fueron difíciles de leer y más complicados para entender. Por eso, a veces, coqueteo con la idea –para autoconsolarme– de que algunas personas defienden lo indefendible porque están en la fase número uno del duelo, la negación. No se dan el permiso de abrazar la realidad porque es dolorosa. Y no les culpo.

Sin embargo, una gran parte de los y las boricuas dentro y fuera de Puerto Rico ya llegamos a la segunda etapa del duelo –que es el enojo– y no planificamos transar con la negociación ni la aceptación. Hemos perdido demasiado. Exigimos la reivindicación de nuestra dignidad y el descanso en paz de nuestros muertos con la renuncia de un bambalán que no tiene capacidad para gobernar y que se la ha pasado toda la vida evadiendo las responsabildades de sus actos.

Solamente una persona que no quiere ver puede defender las actitudes de un sociópata que [des]gobierna y se autoproclama líder de un país en el cual no vive. Ricardo Rosselló nunca ha vivido en el mismo Puerto Rico que nosotras, a las que llama putas porque no pensamos ni actuamos como él. Sobre todo, el país en el que a diario lidiamos con el miedo de salir a la calle a tomarnos una cerveza o de que un día cualquiera, nuestra pareja nos espere con cuchillo en mano.

Puerto Rico no fue, es ni será nunca 100×35. Nuestra rabia colectiva le ha dado la vuelta al mundo. No solo de artistas y atletas vivimos. Agradecida siempre de la gente que nos representa con orgullo y dignidad, pero hoy nos toca a todos y todas. El mundo nos está mirando por una razón que sobrepasa la cultura, el talento o las olimpiadas. Aunque razones sobran, María fue quien nos cambió el imaginario. Nos mostró capacidades desconocidas para nosotras. Hoy somos foco de atención porque nos atrevimos a accionar la palabra, a transformar nuestros disgustos en movilidad. La exigencia de renuncia es solo el principio. Nos queda un camino largo de reflexión para tomar otras decisiones y no mirar atrás. Para atrevernos a exigir el país que nos merecemos. Una auditoría ciudadana, una cancelación de la deuda, una educación con perspectiva de género, un sistema de salud y retiro digno y un esquema de gobierno con personas que pongan las necesidades de la gente primero. Se nos va la vida y no estamos dispuestas a perder una más.

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