Carta en tiempos de cuarentena en Puerto Rico

(Foto de Hannah Olinger en Unsplash)

Querida amiga,

Casi iniciamos la sexta semana en cuarentena y ya lo hemos hecho todo. Hemos abierto escuela de pueblo a través de nuestras redes sociales y hemos aprendido desde cocinar hasta cómo dibujar. Hemos consumido tanto contenido para el pasar de cada segundo, que el bachillerato en Instagram o Facebook lo pulimos completo.

Pero, ¿cómo te sientes? ¿Cuáles son tus preocupaciones? ¿Cuál es aquel pensamiento que sigues ignorando para no pasarla tan fuerte en el aislamiento?

Vivimos en el país de las improvisaciones. Improvisamos un gobierno en un andamiaje colonial. Improvisamos una economía dentro de la austeridad. Improvisamos mecanismos ciudadanos de respuestas a emergencias… en fin. En Puerto Rico, vivimos empatando realidades para sobrevivirlo todo en comunidad. Y es muy lindo el tenernos y saber que siempre habrá una colectiva dispuesta. También nos pesa y nos agría el saber que nuestras energías se consumen en sobrevivir más allá de vivir.

Desde su nacimiento, el 2020 nos ha tenido en carrera de miles de metros y ahora nos acercamos a la recta que nos asfixia y nos hace sentir que esto nunca acabará. El miedo al desplome nos mantiene corriendo a quemazón, buscando métodos para terminar la carrera y por lo menos decir que pudimos vencerla. Han pasado siglos en cinco semanas.

Te confieso, querida lectora, que yo me aferro a ese sentimiento de quemazón para asegurarme que cuento con la adrenalina para seguir viva. Vivo a por los sábados que pueda salir a ver a mi madre a la distancia, utilizando la excusa de llevarle compra para poder verle. Extraño su regazo y sus palabras cuando me dicen que todo va a estar bien, mientras soy yo quien le cuida con la distancia y contando los días que se ha quedado sin trabajo para asegurar que nada le falte. ¿Extrañas a tus seres queridos? Es normal, es señal de que les amas.

Todos los días siento una especie de repetición. Las mismas cuatro paredes, el privilegio del trabajo remoto, la interacción única con mi pareja con quien convivir se ha vuelto un privilegio. Riego nuestras plantas, limpio los recovecos. Me siento por horas frente a la computadora hasta que en la espalda me crece la sensación de un hueco. Extraño el café de la oficina y las conversaciones sobre el almuerzo. ¿Extrañas tu rutina? Es normal, es señal de que tenías algo de lo cual estás agradecida.

Hablé con mis amistades en diferentes partes del mundo. Ya sabes, de esas amistades que amamos, pero que la crisis se llevó. A pesar de tantas diferencias en contextos, por vez primera, siento ese nexo irremediable de la situación.

“¿Cómo va tu aislamiento? ¿Te sientes bien? ¿Tienes todo lo que necesitas? Yo, pues, normal, cómo se puede estar en todo esto…”. ¿Conectaste con elles? Por primera vez en mucho tiempo, la distancia o la proximidad tienen poco que ver con lo nuestro.

No sé qué estas sintiendo, querida lectora. Pretender que sí sería deshonesto. Si antes, todas las personas éramos mundos, ahora se puede decir que andamos en diferentes órbitas. Sin embargo, orbitamos en conjunto, intentando entender esta realidad. No sé qué estás sintiendo y, muchas veces, tampoco sé lo que yo misma siento. Pero nada está mal, nada está incorrecto. Experimentamos lo inexperimentable como podemos, con nuestras preocupaciones y nuestras soledades a lo mejor de nuestra capacidad.

No pretendo darte una guía, ni presentarte soluciones. Francamente, aún intento entender el entorno en el cual estamos sumidas. Solo intento dejarnos saber que no estamos solas. Que nuestra marejada de emociones son quizás lo único normal dentro de todo esto. Que tu inseguridad y tu angustia son razonables. Que tus preocupaciones y tu coraje tiene todo que ver, y que tienes derecho a sentirlo y a expresarlo. Que está bien llorar y no todo el tiempo tienes que reír. Que tú vales mucho más allá de sobrevivir, que vales la pena vivir.

Nos ha tocado vivir en el país de las improvisaciones en medio de la emergencia más impredescible de nuestra modernidad. No te puedo decir cuándo, pero algún día esa quemazón del pecho se nos amortiguará. Podremos respirar nuevamente, para continuar las próximas carreras llenas de vida. Aguanta, amiga, porque sé que un día de estos vamos a llegar.

Hasta que nos podamos ver,
Ale

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