Hilda Guerrero en Ceremonia de primavera

Y entonces salimos por fin a la calle, a trabajar con salario propio, porque trabajar lo hemos hecho siempre. Pudimos tener cuentas bancarias a nuestro nombre, propiedad privada, un ensayo casi general de derechos adquiridos. 

Teníamos que estar rebosantes de alegría y gratitud. Después de todo, éramos esas grandes mujeres de las que nos hablaban cuando nos decían —como si fuera un halago— que detrás de cada hombre, siempre había una gran mujer. Y no se daban cuenta de que siempre estuvimos de frente, cubriéndoles la humanidad a los señores, administrando casas, familias y vidas, a veces, entregando ideas e intelecto en función de la gloria ajena; deseando ese cuarto propio al que solo podrían acceder unas pocas, un puñado de nosotras, una excepción a la regla de esta existencia laboriosa que se nos asignó.

Y dirán que los hombres también trabajan y todas esas apologías de una falsa equidad, porque nadie cuestiona el sudor de la frente masculina, ni la presión social de ser proveedores fuertes y todopoderosos. Reconocerlo y ver el desbalance también es feminismo, aunque se empeñen en no querer verlo así.

Pero se agota una de añadir en cada columna ese párrafo explicativo para que no se hieran más sensibilidades de las necesarias, para que no moleste tanto o se cancele lo dicho porque en una ocasión específica se elige no decirlo todo, todo el tiempo. Ahí lo dejo, total, ya lo escribí.

La cuestión es que salimos a trabajar y aceptamos la doble jornada, la culpa de no poder desdoblarnos perfectamente y estar en todas partes a la vez. Bregamos con el trabajo doméstico y asumimos la carga laboral, las responsabilidades económicas y la extenuación como estilo de vida, como precio a pagar por el atrevimiento de querer vivir una vida distinta al —para muchas— insoportable encierro de la casa.

Y aún así, mujer trabajadora, en el trabajo todavía te dirán:

Que siempre pongas caras felices en los correos electrónicos, sobre todo si quieres comunicar asuntos complejos. Necesitas un lubricante para la firmeza de tus pensamientos. 

Te dirán que siempre sonrías y seas excesivamente amable para que nadie piense que tu asertividad y claridad son una amenaza, fácilmente, descartable como un problema de actitud.

Te dirán que, aunque no a todas nos salga naturalmente, es tu responsabilidad ocuparte de la labor emocional de celebrar los cumpleaños de medio mundo en la oficina, entre otras misiones que incluyen hilar fino entre infinidad de sensibilidades. 

Te dirán que jamás alces la voz, ni exijas nada, que lo que quieras lo consigas mejor utilizando la penosa idea de que la mujer no es la cabeza, sino el cuello y la gira a donde quiera. Buena suerte si quieres ser cabeza o usar la tuya propia. Mejor consigue tus objetivos leyendo y navegando entrelíneas. Después de todo, “el mundo es así, qué se le va a hacer”. Y una sabe que lo es, y, por eso mismo, sigue siendo urgente hacer algo distinto. 

Te dirán que son solidarios y que están a favor de la equidad, pero jamás te revelarán cuánto ganan para apoyarte en tus reclamos de un salario justo de igual paga por igual trabajo. “Es que de dinero no se habla, es de mal gusto, poco profesional”, dirán y disfrazarán exitosamente así el hecho de que lo que realmente les disgusta es perder el privilegio dado, por apoyar el derecho luchado de sus pares.

Te dirán que no importa que el trabajo fuerte de incontables proyectos y empresas lo hagan mujeres, solo para que el rostro y el crédito se lo lleve un hombre. Insistirán en que no importa porque es mejor ser el poder detrás del trono, pero lo que pasa es que es desde el trono que tantas veces se toman las decisiones que te afectan y no podrás controlar.

Te dirán que no has sido invitada a la mesa para cubrir la cuota femenina, que tus ideas importan y que tienen valor; solo para que llegues a servir de moderadora entre las ideas de los otros o para que la foto se vea más “diversa”, como si incluir a representación de más de la mitad de la población fuera diversificar alguna cosa. 

Te dirán que lo más normal del mundo es que esa joven profesional les escriba los discursos y talking points a todos los ejecutivos de la empresa, para que estén preparados para su reunión. Entonces, cuando los reciten todos en plena junta, ella en una esquina sirviendo el café, sentirá que se ha reunido consigo misma y regresará a su casa con la satisfacción de la labor cumplida, pero con la certeza de que jamás ganará una tercera parte de lo que gana cada una de las voces que repiten sus ideas.

Te dirán que es maravilloso que seas ambiciosa en el plano laboral, pero te juzgarán cuando llegues diez minutos tarde a recoger a tus hijos a la escuela o te pierdas el field day o se te olvide que hoy era el día en que debían llegar a la escuela con camisa verde. 

Te dirán también que es maravilloso que decidas ser administradora del hogar y a tus espaldas te juzgarán por no “ser lo suficientemente ambiciosa para convertirte en una profesional”, como si no se requirieran más destrezas organizacionales de las que habría en una convención de tablas de Excel, para administrar una familia y múltiples vidas con eficiencia y amor.

Te dirán que uses tu voz, que alces tu voz incluso, hasta que la uses para abogar por una idea contraria a sus agendas. Ahí, el tapabocas será descomunal.

Te dirán que, porque trabajas, la equidad ha sido alcanzada, mientras tu realidad de vida, tus gastos, responsabilidades y vulnerabilidad a la violencia reflejan todo lo contrario. 

Te dirán que si no lo logras es porque no lo has hecho, como tantas otras que sí han tenido éxito (por cierto, qué mucho les gusta destacar esos relatos que tan bien alimentan y sostienen el status quo), olvidando así lo evidente del hecho de que: si es tan excepcional que una lo haya logrado es porque a la mayoría les resulta imposible alcanzarlo.

Te dirán que las otras son tu competencia y atentarán —casi siempre con éxito— contra los poderosos valores de la solidaridad y hermandad entre mujeres.

Te dirán que ser mujer trabajadora es a lo más que puedes aspirar. Pero no es cierto, el trabajo honra, dignifica y muchas veces —con un poco de suerte— nos regala el placer de la creación, del sentido de deber y propósito; pero ser “productivas” no es la única aspiración posible. 

Decía mi abuela si un día hacía poco en la casa, que se sentía mal porque le había robado el tiempo a Dios. Lo pienso y anhelo jamás sentirme así. Porque nuestra vida no ha de ser una máquina de productividad para un sistema que poco nutre y mucho aplasta.

Nuestra vida, nuestro trabajo, nuestro lugar en el mundo ha de ser el de la verdadera equidad, el mismo que estamos aún diseñando, trabajando y construyendo.

Mientras tanto, en el día de la mujer trabajadora, en medio de una guerra, mientras batallamos más crisis de las que somos capaces de procesar y celebramos los triunfos que generaciones de mujeres nos han legado, nos deseo un poco de descanso, un poco de silencio, un ensayo de la paz. 

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Ana Teresa Toro
Escrito por Ana Teresa Toro
Periodista y escritora. Es autora de la novela “Cartas al agua” (La secta de los perros, 2015), del libro de crónicas “Las narices de los perros” (Callejón, 2015), de la crónica “El cuerpo de la abuela” (Editorial ICP, 2016) y del libro de poesía “Flora animal” (Ágora, 2021).