Canto. Abro la garganta. Sale un algo. Un algoquenosé qué es. Pero arde. Es domingo. Tiene sentido.

Hace 8 años, enluto este día. Lo cruzo cada vez con un trueno menor en el medio del esternón. Menor porque el tiempo sana, y suma entendimiento. Menor porque todavía duele. Menor porque escribir es también un acto de fe. Así que conjuro: menor. Este relámpago en el pecho es, casi una década más tarde, menor.

Le escribo y me aprieto, y recuerdo que mis palabras son mis palabras, en este tono y registro, porque son las que me llenaron de letras entre libros cuando la corteza se abrió y me sentí justo en el medio de un vacío que, años más tarde, todavía, con el trigger preciso: regresa, in/forma mi escritura.

De un tiempo para acá uso más versos, me regodeo, tardo en ir al “punto”. Cuestiono qué es eso que tendría que ser lo que una -finalmente- dice. Cuál es ese pedazo de información que le debemos a la Humanidad. Con quién es esa deuda de explicaciones, que si no saldo, me vuelve una persona poco precisa. ¿Y ese altar a la precisión, de dónde por qué cómo cuándo dónde quién lo parió? Tanta confianza en los detalles como si, a veces, no fueran total ficción.

Estoy harta de tanta curiosidad sobre nuestras grietas. A la gente cis blanca nadie le lee esperando que, en algún momento, lleguen los detalles de un gran dolor: ¿por qué a nosotrxs sí?

Voy dominicalmente al teclado y mis hombros escriben por mí. Van, vienen, no hablo, exhumo. Digo a veces tanto y nada en este nada que mucho carga, este nada donde sé que estoy, este nada que, a veces, siento, soy. 

En este mes de Pride, intenciono que nos lluevan los recuerdos que nos construyen suelos de raíces etéreas; cuidos y abrazos sanadores que nuestrxs cuerpxs necesiten para sanar, para confiar. Para -lo que querramos- hablar. 

Que sepamos que podemos escribir, crear, expresarnos porque podemos, y ya. Sin responder las preguntas de nadie más que las nuestras, a nuestro modo y si queremos, en la procesa. A veces, la escritura no tiene que ver con lo que dejamos “claro”, sino con lo que sentimos; el que escribe y quien lee en el proceso.

Que recordemos que nadie tiene /nunca tuvo/ derecho a exigirnos los detalles de nuestro trauma. En esos procesos de sanación, tantas veces, a quienes genuinamente les importamos, saben escuchar más que las palabras que una pueda o no articular, nos sientes, se vuelven abrazo silente de lago, un sereno y simple estar.

Intenciono que lluevan estas y más certezas como relámpagos de liberación. 

Puentes de responsabilidad afectiva, menos miedos, que se nos respeten nuestrxs silencios, que adentro siempre gane la confianza en que aquí estamos, y que por mucho suelo que se nos haya roto, adentro, tan adentro, nos escuchamos, sentimos, vibramos, bailamos, tocamos, con y sin silencios, aquí estamos. Y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos: nos sostenemos. 

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Alejandra Rosa (ella/elle)
Escrito por Alejandra Rosa (ella/elle)
Es periodista, escritora, productora y teatrera. Ganadora de la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural, otorgada por la Fundación Gabo. Narra, desde las intersecciones de género, raza, nacionalidad y religión, las experiencias de grupos LGBTTIQ+, y otras poblaciones. Produce episodios y documentales para Vice News, HBO, y gesta proyectos de teatro social alrededor de Puerto Rico. Es una de las 48 puertorriqueñas en la historia en haber recibido una beca Harry S. Truman.