Lorena Jaramillo danza para sanar y entender la humanidad

Foto suministrada de Amir Hamja

Cuando la bailarina mexicana Lorena Jaramillo cumplió 4 años de edad, se le convocó adentro un universo que, hasta el sol de hoy, no ha parado mutar: el movimiento. Ahora, el tiempo pasó, pero su pulsión de tránsito, no. Tiene 23 años, vive en Nueva York y, en el imaginario que todos los días construye esta artista internacional, surge baile o lo que a veces es lo mismo: una forma de decidir estar. 

Con esa certeza, le entrevistamos desde Puerto Rico, seguras de que, en sus búsquedas, cohabitan también varias nuestras, colectivas. Algunas heridas se sanan desde el movimiento, y Lorena Jaramillo lo sabe. Por eso, en este tiempo trabaja un proyecto que explora el uso de la danza de las protestas feministas como mecanismo de sanación de traumas relacionados con agresiones sexuales. 

Su trabajo político es un puente desde donde andar en pos de un espacio más seguro para todes, y desde esa certeza, la entrevistamos.

AR: Lorena, ¿cuándo comenzó tu relación con el movimiento?

LJ: Mi relación con la danza comenzó a los 4 años, cuando tomé mi primera clase de ballet, desde entonces, y hasta que me gradué de la universidad entreno rigurosamente en danza clásica. Sin embargo, yo veo el movimiento como una parte esencial de mi vida, desde el momento en el que nací. A los tres meses, mis papás se relocalizaron de la Ciudad de México, donde nací, a la ciudad de Saltillo, Coahuila. A los 4 años, nos volvimos a mudar de ciudad y, a la edad de 6 años, regresé a vivir a la Ciudad de México. El momento que inmigré a Nueva York, el mover mi cuerpo de un lugar a otro era parte esencial de mi identidad. Creo que este movimiento geográfico informa grandemente mi movimiento dancístico. Mi relación con el movimiento está directamente relacionada a mi identidad, que, a su vez, está relacionada con mi espacio (geográfico, social, espacial…) 

AR: ¿Qué es moverte?

LJ: La manera que entiendo el mundo. El movimiento es una práctica revolucionaria para entender mis alegrías, miedos, prejuicios, etc, muchos de los cuales no vienen de mí, sino que han sido creados por la sociedad en la que existo. Al estar en comunicación con mi cuerpo, creo el camino a ser una persona más honesta y presente en el mundo en el que participo. Es una herramienta para entender mi ser más allá de mi conciencia, analizando cómo se presenta y se relaciona con el espacio. 

A través de la danza, he logrado tener un entendimiento más grande de mi humanidad, desde lo pequeño, como ponerme en contacto con mis emociones más profundas, hasta lo grande. Mi libro de texto ha sido a veces el movimiento; entiendo la historia mundial a través del movimiento. Miro los desplazamientos y me pregunto: “¿Por qué tales grupos se mueven de tal manera? ¿Cómo x o y qué eventos afectaron el escenario?”. 

Foto de David Flores Rubio

AR: Cuando te despegas del suelo, ¿qué piensas?

LJ: No puedo recordar un pensamiento en específico que venga a mi mente cuando bailo. Mi intuición y mi cuerpo usan las herramientas que he ganado a través de la educación dancística. La solución de problemas, la creatividad, y la habilidad de pensar fuera de las líneas son habilidades que mi cuerpo utiliza automáticamente al despegarme del suelo. 

AR: Has escrito: “Uso la danza como una manera de conectar con comunidades alrededor del mundo, tanto las que son similares como las que son diferentes a mí”, en tu página web. ¿Con cuáles comunidades alrededor del mundo has conectado, y qué similitudes y/o diferencias has logrado articular a través del baile?

LJ: Mi prioridad siempre es formar conexiones con comunidades latinoamericanas. Gracias a la gran diversidad de estas, he podido conectar con personas que, a pesar de tener una identidad similar, poseen diferentes experiencias y tradiciones culturales. Un ejemplo de esto es mi trabajo como maestra de danza en una comunidad indígena en Oaxaca, México. A pesar de estar en mi propio país, tuve la oportunidad de formar una conexión con personas que han tenido una experiencia diferente a la mía, y acercarme a entender las razones por las cuales nuestros estilos de danza difieren. 

AR: Una vez dijiste: “Creo que nuestras historias viven en el cuerpo y que el movimiento es una manera de procesar las complicadas relaciones de cultura, trauma generacional y felicidad radical”. ¿Cuáles de las historias que viven en tu cuerpo dirías han formado tu perfil como bailarina y performer?

LJ: Nuestros cuerpos están marcados por identidades que han sido formadas a través de la historia de nuestros ancestros, nuestras culturas, políticas y sociedad. Ya que la danza usa el cuerpo como su instrumento principal, tu identidad es una parte esencial en la manera en la que construyes y presentas tu movimiento. 

En lo personal, me identifico como mujer, mexicana, latina, mestiza… Desde pequeña, mi entrenamiento formal fue el ballet, una danza folclórica europea que se ha impuesto como universal. Esto demuestra una colonización en mi educación dancística que está tan metida en la cultura latinoamericana que no la notamos como ajena. Como resultado, mi subsecuente entrenamiento de danza, y donde tengo más comodidad, es en técnicas de danza occidentales (como el ballet o la danza moderna). Sin embargo, a través de los años, he tratado de descolonizar mis prácticas dancísticas y dar espacio a aprender prácticas indígenas y afroamericanas para poder expandir mi repertorio y acceder a otras facetas de mi identidad. 

AR: Si alguien que nunca ha bailado y tiene un dolor profundo te pregunta: “Lorena, ¿bailar sana?” ¿Qué dirías y por qué?

LJ: El movimiento es la manera donde gano acceso a mis emociones más profundas. Invitaría a la persona a pensar qué actividad les hace conectarse con su cuerpo y su espacio (¿cocinar? ¿meditar?¿ correr? ¿protestar? ¿orar? ¿dormir?), y, luego, preguntaría si eso no es también movimiento. 

Yo tuve el privilegio de tener un entrenamiento formal de danza clásica y moderna, y, a partir de ahí, acceder a un entendimiento de mi cuerpo. Pero el movimiento cotidiano, también es movimiento, y puede ser un canal para entender nuestra humanidad y nuestra liberación. La danza no discrimina, la danza ocurre en todos lados y a todo momento. 

AR: Como parte de tu práctica artística escribes, ¿hay algún texto que nos ayude a entender tu relación con el movimiento?

LJ: Mi escritura se basa en la investigación alrededor de la danza mexicana e indígena. Actualmente, tengo dos textos principales. El primero, Dancing the Mexican Revolution, centra a la coreógrafa Nellie Campobello, y analiza su trabajo desde un punto crítico, argumentando que el uso de la danza folclórica es un acto de apropiación de danzas indígenas cuando es bailado por cuerpos mestizos. Escribí también acerca de las danzas indígenas y su uso para reclamar la identidad indígena fuera del contexto nacionalista latinoamericano. 

Por el momento, estoy trabajando en un segundo texto y movimiento que investiga el uso de la danza en protestas para sanar traumas relacionados con la violencia sexual y el acoso… 

Mi última investigación corporal, la cual estoy realizando a través de la compañía de danza MOBIV, toma inspiración en la danza de protestas feministas. Por ejemplo, examinar cómo Un violador en tu camino (del colectivo chileno Lastesis) actúa no sólo como un performance para denunciar la violencia sistemática contra las mujeres, sino como un acto que cura los traumas escondidos en el cuerpo. De ahí, yo también realizo mi propia coreografía. Este es un nuevo proyecto que todavía está en construcción. 

AR: Si cierras los ojos y te imaginas en cinco años, ¿dónde te visualizas?

LJ: Al principio de este año, creo haber podido contestar esta pregunta desde un punto más personal. Quiero seguir bailando el trabajo de coreógrafos que enfocan sus creaciones en contar las historias de personas de diferentes perfiles. También, quiero crear mi propia coreografía, centrándose en la experiencia del cuerpo latinoamericano y acompañar esto con mi investigación y escritura acerca de la danza. Todavía tengo estas metas presentes, pero, en estos tiempos en solitud, en los cuales la comunidad artística se ha visto tan perjudicada, he cambiado mis pensamientos hacia el colectivo.

Visualizo un mundo donde los artistas reciben un salario justo y proporcional a su enorme trabajo físico y emocional. Visualizo un escenario en el cual se la da el mismo espacio a los cuerpos de color, de diferentes tamaños, discapacitados y de diferentes identidades. Visualizo que ese mismo escenario le dé valor a tipos de danza no eurocéntricas. Visualizo un mundo en el cual la comunidad mundial valore la danza como una herramienta para sanar y entender nuestra humanidad.

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Alejandra Rosa (ella/elle)
Escrito por Alejandra Rosa (ella/elle)
Es periodista, escritora, productora y teatrera. Ganadora de la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural, otorgada por la Fundación Gabo. Narra, desde las intersecciones de género, raza, nacionalidad y religión, las experiencias de grupos LGBTTIQ+, y otras poblaciones. Produce episodios y documentales para Vice News, HBO, y gesta proyectos de teatro social alrededor de Puerto Rico. Es una de las 48 puertorriqueñas en la historia en haber recibido una beca Harry S. Truman.