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La vida posible después de sobrevivir la violencia machista

Sobrevivientes

“Mi vida ahora es de mucha paz y felicidad”, asegura Ana Celeste Mercado, a sus 47 años.  “Me siento que estoy en la flor de la vida”, expresa Elizabeth Andújar, a sus 61 años. Ambas mujeres sobrevivieron la violencia machista —física y psicológica— que ejercieron contra ella sus exparejas, y dan testimonio de la vida feliz posible después de salir de una relación abusiva. 

Si algo tienen en común Andújar y Mercado es que ambas han vivido intensamente. Han estudiado mucho y trabajan en proyectos que les apasionan; viajan tanto solas como con familiares; ayudan a otras mujeres; se han rodeado de amistades, y hacen lo que les place en su tiempo libre. Pero, para poder gozar de esa libertad, primero, tuvieron que escapar de una pareja maltratante y encontrar acogida en un albergue. 

“Siempre digo que si Casa Julia no existiera, tampoco yo, porque ese día yo iba a perder la vida en manos de mi agresor”, comenta Andújar sobre el camino de libertad que emprendió hace 30 años. 

Huyó de su torturador cuando se percató que su vida estaba en peligro y que ya no sabía quién era; había perdido la ilusión de vivir. 

“Fue ese momento en que te das cuenta que te estás desdibujando, no reconoces a la persona frente al espejo. Estás dejando de ser la persona que eres y llevar la vida que quieres”, narra en entrevista con Todas

Andújar opina que el cambio más importante sucedió, a su juicio, en su mente.

“Tuve un momento satori bien grande, que fue cuando me di cuenta que me tenía a mí misma”, expresa.  

La también autora del libro “Las páginas de mi historia” narra las reincidencias; las veces que volvió con el padre de sus hijos, le perdonó, y volvió a quedar embarazada. Una de las manifestaciones más comunes de la violencia machista es, precisamente, la manipulación emocional, que, enfatiza, se debe enfrentar sin prejuicios.

Una red disponible para acompañar y salvar vidas

Su primera red de apoyo la encontró en las dos monjas que la recibieron en el albergue Casa de Todos, en Juncos, al que fue trasladada y en el que permaneció durante un año. Allí, suplieron no solo sus necesidades físicas, de techo y alimento, sino las emocionales y espirituales, dijo. Como parte de sus servicios, le ofrecieron terapia psicológica y le brindaron apoyo para conseguir empleo. “Había recibido un impacto de amor tan grande. Se convirtieron como en mi mamá y en abuela para mis niños”, recuerda. 

Los caminos para la liberación personal son variados. 

Mercado todavía agradece a la vecina que llamó a la policía tras escuchar una pelea de pareja. Pese a que ella se negó a presentar alguna querella, la sargento percibió que algo andaba mal y decidió referirla al Departamento de la Familia. Cuando los trabajadores sociales llegaron, le orientaron sobre las consecuencias de permanecer en una relación maltratante y le dijeron que tenía la alternativa de solicitar una orden de protección.  El tribunal le concedió la orden inmediatamente, y ella acudió al albergue Casa Protegida Julia de Burgos. “El miedo a perder a mis hijas fue lo que me hizo presentar la orden de protección e ir a un albergue”, acepta. Sin embargo, una vez allí, empezó a comprender lo que era la violencia doméstica y a recibir ayuda psicológica. Le ofrecieron trabajo como asistente ejecutiva del albergue y una vivienda transitoria.

Allí, descubrió el valor de las amigas. “Conozco este ángel en mi vida, que, si no fuera por ella, no estaría aquí”, dice sobre la facilitadora materno-infantil.

“Cada vez que sentía ganas de regresar, ella se crecía y me decía: no vas para ningún lado”, dice Mercado. 

Juntas, reunieron también a un grupo de 15 egresadas del albergue. “Nos ayudamos mutuamente, nos reunimos, salimos de excursión. Siempre estamos pendientes unas de otras. Una de nuestras participantes recayó en una situación de violencia doméstica, y estuvimos todas apoyándola”, comenta. 

La vida posible

En el marco del Día Internacional de la Eliminación de Violencia contra la Mujer, ambas sobrevivientes comunican, con certeza, que se puede salir de una relación de violencia; rehacer la vida, tener éxito y ser feliz. 

Andújar se certificó como neurocoach y tanatóloga. Completó una maestría en diseño de interiores, carrera que ha ejercido durante 26 años. Por interés personal, quiso estudiar también artes culinarias y hasta viajó a Madrid a tomar cursos de gastronomía española y cata de vinos.

“Me fui educando y dedicando tiempo a mí, paralelo a que mis hijos fueron creciendo. Mi vida cambió drásticamente de estar sometida; de prácticamente no hablar porque a este hombre le tenía terror”, indica quien ahora se describe como una mujer libre, empoderada y feliz. 

También, abrió una microempresa junto a otras sobrevivientes que confeccionan polvorones bajo la marca Emprende mujer.

“Cada año, doy gracias a Dios por la vida que tengo. Cuando yo tenía 19 o 20 años, yo creía que iba a morir y quería morir… Doy gracias por no ser parte de las estadísticas”, añade.

Mercado, por su parte, está terminando la maestría en consejería psicológica y planifica continuar con estudios doctorales. Recién se licenció en consejería en adicción y empezó a trabajar como manejadora de casos y consejera en una organización sin fines de lucro que ofrece rehabilitación en adicción. 

Es miembro de la junta directiva de la Casa Protegida Julia de Burgos. Tiene múltiples proyectos en curso con los que desea crear un impacto social para otras mujeres en situación de violencia y para rehabilitar a agresores. 

Afirma que, sobre todo, los últimos 6 años han sido muy bien vividos.  Ha sido ese el tiempo que lleva soltera, después de salir de una segunda relación. 

“En este tiempo en que estuve sola, me conocí más a mi misma, me amo más a mi misma, aprendí a tener mi espacio”, explica.

“Miro para atrás y digo: sí, sufrí; sufrí mucho. Miro adelante y digo: yo me estoy comiendo el mundo”, reflexiona y celebra entre risas.

 

 

 

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