(Ilustración de Mya Pagán) 

Hoy me levanté pensando que nos merecemos un break. Llevamos dos años y un poco más dándole cara -como siempre- a todo lo que aparece, al punto que lo normalizamos. 

Esta isla resiste sola hace mucho tiempo, pero me es imperativo regresar a María, el huracán que nos cambió la vida.Mucha gente dice que desde el verano no somos las mismas. Sin embargo, yo digo que la cosa viene de más atrás. Los días sin luz ni agua, la inacción de quienes se supone velen por nuestro bienestar, los suministros perdidos y el agua encontrada en un terraplén, los contratos fantasmas, los cadáveres que nunca vimos, la única opción de enterrar a quien más quieres en el patio de tu casa. Estos escenarios fueron calentando una olla de presión que finalmente reventó.

Ya sabemos cómo se siente una noche oscura y fría, cómo se escucha la incertidumbre cada vez que explota un transformador, cómo suena una tripa hambrienta, porque las comidas en el día solo dieron para dos. Ya sabemos cómo ensordece el silencio del abandono, de esos y esas que pasaron con tumbacocos por nuestros barrios prometiéndonos una bonanza que nunca llegó. 

Ya sabemos cómo se ve la risa y la burla a nuestras muertas y muertos. El chat destapó la rabia que despidió y expulsó a un gobernador. Pero ahora ya estamos en la última etapa del duelo. Nos dimos cuenta que nadie vendrá a salvarnos. Nos tocó mirar al lado y entender que solo entre nosotras nos tenemos. Y lo asimilamos tan rápido que solo basta con mirar los tapones descomunales al sur en este pasado fin de semana, en respuesta a los recientes terremotos. Una vez más, como en el verano, la rabia y el amor se juntaron. Accionamos la palabra

Ya ni siquiera nos estamos preguntando dónde está el gobierno ni a dónde se fue su responsabilidad. Y con esto debemos tener cuidado porque, si bien entendimos que no los necesitamos, el gobierno sigue estando ahí y sigue cobrando. Oportuno momento para que de pasada -porque este es otro tema- pensemos cuán innecesario es el gobierno si la capacidad de organizarnos la tenemos. Y si no lo cree, dese una vuelta por el sur. Tenemos mucho que aprender de nuestras líderes comunitarias. La ayuda está llegando rápido y a dónde se necesita porque las comunidades no se quitan.

En un mundo paralelo a la ineptitud, las reuniones en carpas con aire, las conferencias de prensa inútiles -mientras nuestra gente se muere de calor y ansiedad- entre las grietas, los temblores y el caos, se construye otra patria ¿matria? que hace rato viene de camino y ya casi pulsa por llegar. Una nuestra, libre, soberana, autogestionada y de la gente. Vivimos para verla. 

Comparte: