La lucha por implementar un currículo con perspectiva de género en República Dominicana

Natalia de Peña

(En la foto, Natalia de Peña | Suministrada)

(Santo Domingo, República Dominicana).- Durante los últimos meses, Natalia de Peña ha llevado un ritmo de vida frenético: asiste a las últimas clases de su carrera universitaria, finaliza las prácticas de pasantía en una organización de apoyo a mujeres víctimas de violencia, participa de forma voluntaria cada lunes en las manifestaciones que reclaman justicia luego del feminicidio de Anibel González, asesinada por su esposo en San Pedro de Macorís, pero sobre todo, prepara junto a sus compañeras de Con mis derechos no te metas nuevas formas de convencer a la sociedad dominicana sobre la importancia de que las escuelas enseñen sobre igualdad de género.

Ella, nacida y crecida en Santo Domingo hace 21 años, tiene razones muy personales para involucrarse en esta cruzada.

“Sufrí un abuso sexual de parte del esposo de una prima mía. Él me tocó mis partes privadas”, cuenta con voz pausada.

Hasta los 7 años, cuenta que fue una niña “súper simpática, me gustaba hacer coro con la gente, compartir con las personas, pero, de repente cambié, y me volví una niña súper rebelde, violenta”.

Al escucharla hablar, es imposible imaginar lo que vivió. Dice que nadie entendía el porqué de ese cambio repentino.

“Él me amenazó, me dijo que no se lo dijera a mis padres. En ese momento, me sentí muy mal, pero no lo dije, y eso fue lo que hizo que cambiara mi comportamiento”.

En la República Dominicana, de acuerdo con las cifras oficiales, solo en el año 2018 se registraron 1,290 casos de abusos sexuales, unos 2,004 casos de “seducción de menores de edad”, término con el que el Código Procesal Penal dominicano castiga a personas mayores de 18 años que se lleva de su casa a niñas y niños menores de 18 años, y 308 casos de incesto.

“Dos años después, en el colegio nos dieron un taller sobre prevención del abuso sexual. Pusieron un vídeo de una niña relatando que la habían abusado y cómo ella se sentía. Ahí, yo me identifiqué mucho, porque me sentía culpable, me daba vergüenza eso (que pasó). Entonces, yo conecté que me hicieron un daño, que no fue algo que yo provoqué”.

Como ella misma lo cuenta, fue gracias a una iniciativa del colegio donde estudiaba, que Natalia entendió que lo que le había sucedido fue un abuso sexual. En República Dominicana, la educación sexual y con perspectiva de género no forma parte del currículo que se imparte en las escuelas públicas.

“Se lo dije a la psicóloga escolar y ella habló con mi mamá”, recuerda.

Luego de conocida la noticia, la hermana mayor de Natalia contó que ese mismo hombre le había hecho lo mismo. Años más tarde, la hija del agresor reveló que ella también fue víctima de sus abusos sexuales. El victimario nunca cumplió una pena y desapareció.

Sanar no es algo lineal

Ahora, Natalia dice sentirse empoderada en el tema porque recibió el apoyo adecuado.

“Se manejó bien cuando yo lo dije, porque conozco casos donde lo han denunciado y revictimizan a la persona, o peor aún, le dicen que no fue un abuso y no le hacen caso. Conmigo fue diferente, tuve el apoyo de un sistema educativo que me ayudó a poder identificar eso. A partir de ahí, yo lo pude trabajar de otra manera”.

Sin embargo, reconoce que, en el proceso de sanación, ha tenido recaídas emocionales.

“Siento que en cada etapa de mi vida el tema ha resurgido de una manera distinta. Sanar no es algo lineal, tiene altas y bajas. Por ejemplo, cuando yo era chiquita, luego de esa situación que me pasó, a mí me daban miedo los hombres. Por lo general, me siento más cómoda con las mujeres, y siento que es algo que viene después de eso que me pasó. Soy heterosexual, pero para mí no es muy fácil tener relaciones. No puedo confiar en todo el mundo”.

El abuso sexual que sufrió dejó secuelas en su salud mental. Natalia indica que, desde los 7 años, y durante toda su adolescencia vivió con depresión.

“Sentía mucho dolor, rabia, tenía la autoestima baja, no tenía motivación por la vida. Tuve muchas ideas suicidas e intenté quitarme la vida dos veces. Cuando asistí a terapia a los 18 años, fue que me pude percatar de que todos esos años me había sentido de esa manera y que no sabía lo que era estar feliz y conforme conmigo misma y con mi vida. Gracias a la terapia y estudiar psicología, he podido adaptar herramientas en mi vida para mi bienestar emocional y mental. Hoy puedo decir que me siento muy feliz con quien soy y las cosas que he logrado”.

Desde su experiencia como psicóloga en instituciones que atienden casos de mujeres  maltratadas en Santo Domingo, Natalia ha comprobado la aterradora normalización del abuso sexual.

“Hay personas que que llevan años siendo abusadas y es al llegar a terapia cuando se dan cuenta”.

Lo que gritan las estadísticas

 

 
 
 
 
 
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La desigualdad de género muestra cifras contundentes en el país, especialmente para las mujeres: de cada 100 mujeres embarazadas en República Dominicana, 22 son adolescentes, de acuerdo con los datos del propio Estado.

El país ocupa el primer lugar en matrimonios tempranos en la región, con 12% de las mujeres de 20 a 24 años casadas o unidas antes de los 15 años y 36% antes de los 18 años.

En el ámbito de la violencia, según la Encuesta Demográfica y de Salud (ENDESA), el 26% de mujeres ha sufrido violencia física en algún momento de su vida, mientras que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) contabilizó 106 mujeres asesinadas, en el año 2018, representando este número la séptima tasa más alta de feminicidios entre los 19 países de América Latina y España que fueron evaluados.

Sobre este fenómeno en particular, la opinión pública dominicana se ha mantenido consternada por la actuación del sistema de justicia encargado de proteger a las mujeres contra las agresiones de sus parejas o exparejas. Varios reportajes periodísticos han descrito cómo la corrupción entre jueces y abogados han expuesto a las mujeres hasta que han sido asesinadas.

Por otro lado, la misma ENDESA mostró que el 60% de mujeres sufre alguna situación de control por parte de su pareja.

“La violencia afecta mucho más a las mujeres, pero al mismo tiempo, los hombres son víctimas de un sistema que les enseña que esa es la manera de manejar esas situaciones, con violencia, abuso y control”, afirma Natalia.

Ella ha sido testigo de cómo los centros de acogida de mujeres maltratadas no dan abasto para atender la cantidad de casos que hay.

“Las mujeres que escogen para estar en los centros de acogida son mujeres que no tienen ningún sitio donde ir. Están tan llenos que si tienes la oportunidad de irte a casa de tu hermana, o a casa de tu tía en el campo es mejor que tú lo hagas porque no hay suficiente espacio para la cantidad de casos que hay”.

La actuación del Estado dominicano

La República Dominicana se ha sumado al debate regional sobre la aplicación de una política de género en el sistema de educación pública.

Al igual que sucedió en diversos países de América Latina, donde la agenda de derechos de género y diversidad ha tenido avances concretos, este país caribeño ha vivido una acalorada discusión luego que el Ministerio de Educación dominicano presentó la Orden 33-19, que promueve la inclusión de la perspectiva de género en la educación pública preuniversitaria.

Natalia, quien ya conoce de primera mano la importancia de intervenir en los casos cuando la violencia se está manifestando, también reconoce la importancia de trabajar la prevención.

“Si se llega a implementar la Orden, ayudaría a la prevención de los casos (de violencia intrafamiliar y contra la mujer) que se están viendo y son muy comunes”.

A su entender, las creencias culturales que asignan roles predeterminados, tanto a las mujeres como los hombres, los limitan y se convierten en un factor de riesgo ante la violencia.

“He tenido el privilegio de recibir una educación que fomenta la igualdad entre hombres y mujeres, y por eso no me gustaría que fuese solo un privilegio, quisiera que sea algo esencial en la educación de todo el mundo”, dice Natalia al tiempo que propone algunos de los temas que podrían hablarse en las aulas, como el consentimiento, la educación sexual, el manejo del cuerpo.

“Eso es muy importante para prevenir estos casos de violencia”.

De las múltiples tareas que la ocupan estos últimos meses, es al activismo que desarrolla en Con mis derechos no te metas una de la que más ilusión le hace. Ella, junto con jóvenes estudiantes de psicología, decidió organizarse para influir públicamente en la aplicación de la Orden 33-19 del Ministerio de Educación, y casi inmediatamente los integrantes del grupo se convirtieron en una de las voces más importantes para aquellas personas que desean que la educación pública incorpore la igualdad de género.

“Para sorpresa de nosotras, recibimos muchísimo apoyo de personas y grupos que también están a favor. Nos llena de orgullo saber que también hay personas interesadas en el cambio y que saben lo importante que es la política de género”, comenta con alegría.

Natalia tiene el tiempo justo para finalizar la entrevista. Debe continuar los preparativos que realiza junto a un variado grupo de colegas de cara a la Marcha de las Mariposas, para denunciar la violencia ejercida contra las mujeres en República Dominicana.

“Estamos felices porque entendemos que sí se puede, que sí hay esperanza de hacer un cambio”, cierra.

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