Gestar un espacio de resistencia y cuidado colectivo

(Foto de archivo de Ana María Abruña Reyes) 

“Todos necesitamos historias que ningún libro de Historia puede contar, pero no están en el aula -no en las aulas de historia, en todo caso-. Están en las clases que aprendemos en casa, en la poesía y en los juegos de infancia, en lo que queda de la historia cuando cerramos los libros de Historia con sus hechos verificables” 

-Michel Rolph Trouillot

Este año nos ha dado con todo. Mucha gente apostaba a noviembre. Confiaban en que se daría un golpe de timón en el país, mientras echaban todas sus esperanzas en un proceso electoral que ha demostrado no solo ser mediocre, también carga con la credibilidad llena de fisuras. Mientras tenemos ganadores hipotéticos, la Comisión Estatal de Elecciones aún no ha podido certificar a nadie. Paralelo, los crímenes por violencia de género solo van en aumento, aun cuando la gobernadora Wanda Vázquez Garced parece haber escuchado la exigencia de un estado de emergencia. En esta semana, asesinaron a dos mujeres el mismo día. Ya suman más de cincuenta en lo que va de año. Nuestras vulnerabilidades aumentan y la [poca] prisa del gobierno no es suficiente.

Noviembre también es el mes en que se visibiliza la lucha en contra de la violencia a las mujeres. Noviembre es el mes que la Colectiva Feminista en Construcción escogió para llevar a cabo su sexta edición de la Escuela Feminista Radical que tituló Políticas de fuga: Cimarronaje y activismo feminista negro. En estas clases, se han gestado espacios de diálogo sobre las resistencias que tuvieron lugar durante la época colonial de parte de las personas negras esclavizadas. Está claro que la historia que nos enseñan, en las escuelas y en la universidad, está plagada de un silenciamiento y una invisibilidad a las realidades de resistencia que se dieron en América. Las hazañas cimarronas no son parte de los currículos escolares ni hay una representación real sobre como respondían las personas negras esclavizadas a la tortura y la explotación de sus hacendados y el sistema de plantaciones. La revolución haitiana es un claro ejemplo de ello. 

Según planteaba Michel Rolph Trouillot, este evento no era posible desde la mirada colonial pues “la forma de ver al mundo vence sobre los hechos: la hegemonía blanca es natural y dada por descontada; cualquier alternativa todavía está en el ámbito de lo impensable”. Es decir, los colonizadores franceses no veían ni la más remota posibilidad de que las personas negras esclavizadas pudieran levantarse en una revolución para liberarse de la esclavitud y apostar por otra vida. 

Sin embargo, la historia que surge a los márgenes de la hegemonía, prueba la contrario. La revolución haitiana no solo fue la primera en América, sino que supuso una de las victorias más tremendas en contra del poder colonial. Es así porque fueron las propias personas esclavizadas quienes orquestaron esta revolución sin el bautismo de algún intelectual o pensador político. No esperaron por nadie y nadie vino a “salvarles”. De ahí a que los franceses tardaran en reconocer el evento, aun cuando ya se había declarado la independencia de lxs haitianxs. Dentro de sus imaginarios racistas y deshumanizantes, no cabía la idea de que las personas negras esclavizadas fueran capaces de semejante poder organizativo. Así lo confirma Trouillot: “Solo mucho después de la declaración de independencia de 1803, el hecho consumado sería aceptado de mala gana […] Los propios hechos de la revolución eran incompatibles con los principios más importantes de las ideologías occidentales dominantes […] En la mayoría de los lugares fuera de Haití, más de un siglo después de que sucediese, la revolución todavía era en gran parte una historia impensable”. 

De esa historia impensable surgieron las reivindicaciones de la vida de lxs haitianos. Lxs cimarrones gestaron políticas de fuga, confrontación y solidaridad colectiva para combatir y destruir al poder colonial que les esclavizaba y deshumanizaba. Lo impensable se mueve a todos los espacios y tiempos en que los cuerpos asumen la resistencia y le hacen frente al dominio. Es la esperanza radical de que todo puede ser diferente, aunque haya un mundo que se niegue a reconocerlo. Así lo mencionaba Shariana Ferrer Núñez, de la Colectiva Feminista en Construcción, en una de las clases: “El cimarronaje es una práctica política que existe y persiste en nuestros tiempos. La plantación no ha terminado, solo se ha reformulado”, al plantear la posibilidad de pensarnos como cimarronas. 

A esta propuesta, Melody Fonseca, también integrante de la Colectiva, añade que “existe el cimarronaje individual y colectivo; este último es el que logra la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida”. En ese cimarronaje colectivo es que se presentan las oportunidades para pensar en otra munda. Así lo reafirma Saadi Rosado, pues “el cimarronaje puede o debe fungir como un punto de partida para movernos hacia otras posibilidades de vida fuera del aparato ideológico del sistema de muerte. Es importante luchar para cimarronear el feminismo. Las lógicas cimarronas nos pueden permitir seguir agrietando el orden hegemónico. Seguir agrietando el capitalismo, el patriarcado, la heteronorma… Nos ayuda a movernos a otras posibilidades de vida”. 

Desde esas posibilidades es que surge la idea para un quilombo feminista. La Colectiva Feminista en Construcción ha apostado este año por cimarronear la exigencia de acción del estado el 25 de noviembre y gestar “un espacio de resistencia y cuidado colectivo, de reconocimiento y celebración del trabajo que hemos realizado y, sobre todo, de reorganización de las fuerzas políticas feministas ante las amenazas que se avecinan”, según describen en la página del enlace al evento. Un quilombo es un espacio político organizado por cimarrone[a]s en busca de liberación. Las cimarronas son quienes escapan de las lógicas de la plantación, de un sistema que les explota, les silencia, les borra, les violenta. Las cimarronas se fugan, no tan solo para huir, sino para encontrarse y este quilombo propone ese encuentro. 

Nuestra historia también necesita gestarse desde lo impensable. La fuga como escape y también como trinchera para lo imposible como expresara Zoán Dávila: “Comprendemos que hay unas marcas sobre nuestros cuerpos que nos hacen distintas y es desde la fuga que nos unimos. Nos une la necesidad de fugarnos y de invitar a otres a que se fuguen […] Del cimarronaje podemos aprender a trasladar a nuestra lucha esta resignificación de lo que es libertad. Dejar de verlo como algo estático, sino verlo como algo vivo, como una práctica […] Estar para y con otras, pa’ la fuga, confrontando aquello que nos pretende matar, desmembrándole hasta que no quede rastro, regresar a aquello cuyas lógicas amenazan nuestra existencia dondequiera que estemos, y juntas convertirnos en, más que en su amenaza, en su fin”. 

Nuestra historia se da desde esas narraciones que surgen en los márgenes de lo que no debe ser según el discurso dominante. Ya Patricia Alegría nos lo recordaba, pues “hay un mundo más allá del colonialismo y la modernidad. Se puede ver en toda la gente que gesta proyectos de vida, que ponen sus cuerpos contra las maquinarias de destrucción del capital. Cuando hablamos de cómo se ve esa resistencia desde los bordes y cómo se sostienen prácticas cimarronas desde los márgenes, hay referentes de sobra. Nos toca reconocerlos, estudiarlos, replicarlos y seguir ensayando”.

A eso apostamos con el Quilombo feminista, el 25 de noviembre, a las 3:00 p.m., en la Placita Barceló de Santurce. Que lo impensable nos lleve a la esperanza. Que el amor y la rabia nos lleven a la acción. Y que no nos falten cimarronas. ¡Únete!

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