Cuando el privilegio masculino es la principal arma para desacreditar al feminismo

Foto de archivo de Ana María Abruña Reyes

El rechazo y los ataques hacia los reclamos hechos desde los grupos feministas provienen de distintos sectores en la sociedad y desde diferentes frentes en todo el espectro ideológico. En ocasiones, el único punto de convergencia entre figuras políticas de la derecha y la izquierda es precisamente su odio hacia las mujeres que se organizan para reclamar mejor calidad de vida y la protección de sus derechos más fundamentales.

También, nos topamos con casos en los cuales reconocidas mujeres de la política terminan siendo las principales portavoces de proyectos patriarcales y campañas antiderechos. Ejemplo de ello, son las dos legisladoras puertorriqueñas del partido político fundamentalista Proyecto Dignidad. Desde su llegada a la Asamblea Legislativa, tanto la senadora Joanne Rodríguez Veve como la representante Lisie Burgos Muñiz han propuesto medidas dirigidas a restringir el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, así como la oposición férrea a que en las escuelas de Puerto Rico se incorpore un currículo con perspectiva de género.

A pesar de estos casos en los cuales figuras públicas mujeres expresan su rechazo al feminismo, la realidad es que tanto la política institucional como la discusión pública mediática siguen siendo renglones dominados por hombres. Por ende, los hombres continuamos siendo los principales protagonistas en el ejercicio violento de negar la validez y minimizar los reclamos que las mujeres realizan en favor de una vida digna. Han sido hombres en posiciones de poder quienes históricamente han opinado y decidido sobre lo que supuestamente le conviene a los cuerpos de las mujeres. Son hombres quienes alrededor del mundo devalúan la vida de tantas mujeres que son víctimas de maltratos y feminicidios. También, somos hombres quienes, en algún momento de nuestras vidas, hemos dicho o pensado que “las feministas tienen que bajarle” en lo que respecta a sus reclamos.

Son precisamente esas mofas y burlas al feminismo una forma en que se ejemplifica el privilegio que tenemos los hombres. Por ejemplo, podemos libremente expresar que los reclamos de las mujeres en contra de la violencia de género son exagerados o no son necesarios, sin que haya consecuencias para nosotros. Podemos tildar de “panfleteo” o “cantaletas” cuando las organizaciones feministas hacen el importante planteamiento de nombrar las violencias o cuando denuncian el acoso callejero, pero, al final, nuestro escarnio pasa desapercibido o, en el peor de los casos, recibe loas de otras personas. 

En ocasiones, ese cinismo producto del privilegio masculino llega a tal punto que, cuando una mujer u organización decide reclamarnos por nuestros actos o expresiones violentas, preferimos recurrir al argumento cobarde de que “me están cancelando”, antes de asumir responsabilidad o entrar en un proceso de autocrítica por el daño que pudimos haber hecho.   

¡Qué fácil es rechazar u oponerse a aquello que no experimentamos ni nos afecta!

Hay que insistir en pasar el memo de que ningún reclamo feminista atenta contra los derechos que los hombres hemos disfrutado por tanto tiempo. A nombre del feminismo no se mata a nadie. Lo mismo no se puede decir sobre el machismo, el cual forma parte de esa base ideológica que devalúa la vida de las mujeres y las violenta.

Recuerdo cuando, en el 2015, participé junto a mis estudiantes de una actividad para denunciar y visibilizar la violencia machista y el acoso hacia las mujeres y cuerpos feminizados que transitan por diferentes espacios públicos en Río Piedras. Al evento se unieron residentes permanentes del área y otras personas vinculadas al Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Como parte de la ocasión, hubo música y diversos actos artísticos con el fin de crear conciencia sobre los peligros experimentados principalmente por las mujeres en las calles, paseos y plazas públicas. Días después de la actividad, un hombre cuestionó el evento planteando que este fue innecesario. Según esta persona, en su experiencia nunca se sintió violentado ni amenazado cuando acudía de noche a sentarse en los bancos de la Plaza Robles en Río Piedras.

La reacción del hombre que cuestionó el evento educativo no solo demostró su falta de empatía, sino que también fue una clara manifestación de cómo se usa el privilegio para tratar de silenciar a las mujeres. Ese reclamo de espacios más seguros en Río Piedras precisamente se inspira en la aspiración de que todas las personas puedan, al igual que él, gozar de la oportunidad de usar los espacios públicos sin amenazas de acoso y agresiones. ¿En qué le afecta el reclamo feminista a su derecho a seguir viviendo en paz los espacios de la ciudad? Quizás, fue un asunto de ego o de machismo, porque, de haber un argumento coherente para oponerse a ese reclamo, nunca fue manifestado, más allá de su comentario anecdótico de que nunca sintió peligro mientras visitaba la plaza en la noche.

Otro planteamiento cargado de egocentrismo y cinismo ocurre en algunos círculos de activismo político, cuando hombres que son portavoces de organizaciones acusan al feminismo de “atrasar” la “verdadera lucha”. Todavía, al día de hoy, hay quienes plantean que el feminismo es innecesario, ya que “nuestra lucha revolucionaria” incluye la liberación de las mujeres. Claro está, de quienes escucho constantemente este argumento es de hombres a quienes también les encanta compartir videos que se burlan de los reclamos hechos por las mujeres en las manifestaciones convocadas por grupos o coaliciones feministas. 

Al final, creo que hay un asunto de ego masculino herido cada vez que se hacen estos cuestionamientos y ataques al feminismo. En el contexto político de Puerto Rico, desde que entró la Junta de Control Fiscal antidemocrática, en el 2016, han sido mayormente mujeres en las comunidades y organizaciones feministas quienes han enarbolado la bandera de la resistencia ante las políticas de austeridad. Han sido grupos feministas los que le han recalcado al país que, ante los eventos naturales destructivos, como el huracán María en el año 2017, el verdadero desastre es el político. Asimismo, estas activistas nos recuerdan constantemente que la perspectiva de clase es fundamental para entender las violencias por razón de género y raza.

Esos reclamos que hacen las mujeres son los reclamos de quienes aspiran a una mejor sociedad para todas las personas, incluyendo los hombres. En lugar de usar nuestro privilegio para hacer burlas o intentar callar voces, optemos por escuchar y aprender. Reflexionemos sobre las razones por las que las mujeres llevan tanto tiempo haciendo estos reclamos. Seamos solidarios y aspiremos a una sociedad en equidad para todes. 

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Rafael Díaz Torres
Escrito por Rafael Díaz Torres
Es periodista del Centro de Periodismo Investigativo y profesor universitario, graduado del doctorado en Historias del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.