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Cimarronas y cimarrones que mantienen la memoria de la resistencia

Cimarronas y cimarrones que mantienen la memoria de la resistencia

San Antonio de Guerra, Santo Domingo. –  El pasado Domingo de Resurrección, doña Altagracia Evangelina “Eva” Santana coordinó a un grupo de “Negros de la Joya”, hombres jóvenes que se visten con hojas de plátano, algodón, higüeros y otros elementos de la naturaleza, y con materiales reciclados como cajas de cartón y juguetes viejos, para mantener una tradición ancestral que los conecta con el cimarronaje, la lucha contra la esclavitud, las tradiciones afrocaribeñas y el sincretismo religioso y cultural en la República Dominicana. 

A pocos minutos de La Joya, Ramón Ernesto Berroa, preparaba la ceremonia de iniciación de uno de los nuevos “negros cimarrones” del Peje. Julio Castro, de 15 años, se vestía con ramas y otros elementos del entorno para iniciarse en esta tradición que ya es más que centenaria. 

Sociólogos como Dagoberto Tejeda identifican a los “Negros de la Joya” como uno de los “carnavales cimarrones” de la República Dominicana. 

En su ensayo “Descolonización e identidad del carnaval en Dominicana y en Haití”,  explica que estos carnavales, en los que hay una fuerte presencia de elementos de origen africano, se desarrollaron en lugares donde hubo palenques o manieles, es decir enclaves donde vivieron comunidades negras que escaparon de la esclavitud, y construyeron espacios de resistencia que tenían que proteger de los colonizadores. No siempre las comunidades son plenamente conscientes del significado específico que originalmente tenía el ritual, pero la tradición es clave para la identidad del pueblo, aunque las formas y los símbolos varíen con el tiempo.

Tradición cambiante

Doña Eva cuenta que, aunque de algún modo siempre estuvo involucrada, tomó el mando de un grupo de Negros de la Joya cuando su compañero, que antes los coordinaba, falleció. El pasado Domingo de Resurrección organizó a 30 de ellos, toda una matriarca, responsable de salvar una manifestación que casi siempre es realizada y dirigida por hombres.

“Estoy con ellos desde el 2009, porque el esposo mío falleció, y como nadie quería tomar el mando de ellos, yo cogí el control”, enfatiza, rodeada de jóvenes. 

Cuenta que el carnaval cimarrón ha estado arraigado en la familia de su esposo por generaciones. Dice que su suegro hacía trajes y caretas para estos divertidos guardianes de la comunidad. 

Es difícil establecer cuándo empezó este carnaval. Una de las historias que ha pasado de generación en generación entre las familias de La Joya data el inicio de esta manifestación cultural en 1884.

“La tradición empezó en el 1884, el 21 de abril, la comparsa más vieja, nosotros la tenemos como tradición los Domingos de Resurrección. Esa tradición comenzó con guarapo de caña, lo exprimían en una lata. En ese tiempo le echaban carbón, se ponían las manos negras y el cuerpo. La careta es de algodón con cadillo porque en este tiempo es que hay. Hemos mantenido la tradición, se mueren los viejos y la vamos cogiendo los jóvenes”, explica. 

Sin embargo, el rito de iniciación de Los Negros, tan ligado a la naturaleza, a la integración a un grupo, y de carácter algo secreto, es distinto a otras manifestaciones de carnaval, incluso de otros de los llamados “carnavales cimarrones”, y sugiere una conexión con otras tradiciones más antiguas, ya sea ligadas al cimarronaje, a ritos comunitarios africanos o a una mezcla de varias experiencias o historias.

Los Negros de La Joya juegan a asustar a los niños del pueblo. Pueden ir a las casas a advertirles que se deben portar bien con sus padres y familiares el resto del año. La mayoría de los niños saben que es un juego y se divierten, aunque algunos se asustan un poco. Este año, Doña Eva advirtió a su grupo que no se podía ir donde niños muy pequeños que pudieran asustarse demasiado, señal de que la tradición se adapta a las sensibilidades de la época sobre el cuidado de las emociones de las infancias.

a las necesidades de integración del presente.

Continuidad y tradición

En la comunidad de El Peje, Julio salió por primera vez a jugar a asustar a los niños, tal como él fue “asustado” en el pasado, cuando otros negros cimarrones le advertían que debería ser un buen hijo, un buen hermano y respetar a los vecinos.

“Ahora voy a salir a asustar a los muchachos, a darle su pelita a los que se portan mal”, dice entre risas. Los Negros de la Joya o los Cimarrones no pegan, es solo un juego.

 Después del mediodía, tanto los Negros de la Joya, como mucha otra gente de la comunidad se divierte en colmadones, bares y alrededor del parque central: bailan bachata, conversan con los vecinos.

Los Negros del Peje también se juntan alrededor de un colmadón, luego de corretear un poco a los niños y de caminar y exhibir sus disfraces por el poblado. Los vecinos se encuentran y algunas personas que ya no residen allá, pero que acuden al carnaval, vuelven a ver a sus amigos.

Apertura a la diversidad

Hay una cimarrona en El Peje: Julia Reinoso, oriunda de Dajabón, una provincia fronteriza con Haití, en el norte del país, muy lejos de La Joya. 

Julia ha sido parte de la comunidad por 25 años. Decidió hacer el rito de iniciación y fue aceptada entre Los Negros. Ahora, juega un rol no solo en las celebraciones de este carnaval, también en la promoción de toda la cultura de esta comunidad empobrecida, ubicada a unos 50 minutos del centro de la capital.

Entre las casas de madera con techos de zinc o de concreto, a medio terminar, Julia se viste de la tradición y contribuye con la permanencia y la renovación de una manifestación que lucha por sobrevivir en una sociedad que a veces niega, a veces extranjeriza lo afrocaribeño, aunque su  cultura le debe gran parte de su música, su baile, su creación literaria y sus formas de relacionarse y crear tejido social, a su origen afrodescendiente, como ocurre en otras sociedades que sufrieron la colonización y la esclavitud.

Gracias a Julia y a otros activistas del sector cultural de La Joya, como Juan Lulio Blanchard, se creó, con apoyo del Ministerio de Cultura, un pequeño museo en el centro del pueblo, que rescata la historia y las tradiciones culturales de Guerra, incluyendo a Los Negros. En el parque central del pueblo también hay estatuas que recuerdan a los cimarrones.

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