(Foto de Ana María Abruña) 

Bajo mis pies tiembla el suelo y no es temblor, pero sí vibración. La Colectiva Feminista en Construcción convocó un encuentro al aire libre el 25 de noviembre -Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer-, y aquí estamos. Siento el retumbe de la batucada que clausura o más bien pone puntos suspensivos a este encuentro y, en mi imaginario, bailo.

Algo te hace la percusión. Te conecta con el movimiento, y purgas desde sus ritmos heridas propias y colectivas. Heridas que estamos cansadas, y a la vez cada vez más dispuestas, a denunciar. Nos autogestionamos nuestros mecanismos de protección contra violencias que no tendrían que existir contra nuestras cuerpas. Nos vamos de espacios temprano para evitar cruzarnos con posibles agresores. Regresamos certeras de que las calles, las plazas, el aire libre y la dignidad son -y siempre fueron- nuestras.

Nunca han sido de ellas, las violencias que nos despiertan un día cualquiera y nos ponen a escribir, correr, sudar. Violencias que de a poco se acumulan y, si no tienes los recursos para cuidarte, se vuelven una depresión. Violencias que nos matan. Violencias que nos acosan sexualmente. Violencias que nos hacen hablar menos, cuando podríamos decir más. Violencias que nos confrontan con nuestro derecho a ocupar espacios, como si existir libres y felices, fuera un privilegio al cual toca pedir acceso. Violencias que a veces son muerte. Violencias que también son rostros, puños, puñaladas, moretones, secuestros, desapariciones, entierros. Rostros. 

No me canso ni remotamente de escribir “violencia” a ver si de una vez de tanto leerla nos comprometemos a erradicarla con nuestros procesos y mecanismos. 

Exigimos un país comprometido con autoexaminar sus prácticas; un país que se responsabilice por nuestros dolores y nuestras muertas. Un país que accione en pos de nuestro derecho a estar vivas. Eso significa que exigimos que tú, persona que lees, examines si en alguna instancia has sido violentx contra algunx de nosotrxs. Reclamamos que si la respuesta es sí, te responsabilices por tus acciones; responsabilizarse conlleva accionar concretamente en pos de una ruta cónsona con nuestro derecho a sentirnos y estar seguras. Lo contrario no nos interesa. Y lo que es más importante: no lo vamos a tolerar.

En poco tiempo, deja de temblar el suelo, pero el fuego de 12 antorchas que han rodeado la batucada desde que inició nunca se ha visto tan contundente, tan cálido y, a la vez, tan bravo.

Miro las decenas de personas al aire libre con mascarillas y me pregunto cuántas veces, sin ninguna pandemia pasando, les presentes aquí nos hemos sentido segures en Puerto Rico. Pienso en el altar que a pasos sostiene velas, e intento imaginar el día en el que elevemos un altar de celebración por años ataques, maltrato, acosos, transfeminicidios.

Y el suelo vibra, y me llega un mensaje de texto verificando si estoy bien. Y recuerdo que no estamos ni remotamente solas. Que nos tenemos. Y que el fuego, como nuestra lucha transfeminista, no solo sigue, sino además -enhorabuena- arde.

Lee también: Celebran Quilombo feminista para fortalecer redes de apoyo entre comunidades

Comparte:
Alejandra Rosa
Escrito por Alejandra Rosa
Es periodista, escritora, productora y teatrera. Ganadora de la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural, otorgada por la Fundación Gabo. Narra, desde las intersecciones de género, raza, nacionalidad y religión, las experiencias de grupos LGBTTIQ+, y otras poblaciones. Produce episodios y documentales para Vice News, HBO, y gesta proyectos de teatro social alrededor de Puerto Rico. Es una de las 48 puertorriqueñas en la historia en haber recibido una beca Harry S. Truman.